Podría empezar las palabras para el Acto con la reseña del hecho histórico, hablando de los congresales
que se reunieron en la casita de Tucumán y que declararon nuestra independencia
de todo poder extranjero.
Ya lo escuchamos
mil veces. Lo mismo que la palabra libertad.
Ser
independientes, ser libres suena muy positivo. Pero no puede ser un término
vacío.
Ser libres, ser
independientes no es simplemente hacer nuestra voluntad en todo momento. Esa es la libertad del cordero que se cree león y solo es el gatito mimoso del poder.
Ser
independientes tiene que ver con ser capaces de decidir sobre nuestras vidas,
pararnos firmes sobre nuestros pies, expresarnos con claridad y respeto y
construir vínculos y futuro para cada uno de nosotros y para nuestra comunidad.
Nuestra
independencia no pasa solo por actuar según el deseo de cada momento. Pasa por
sostenernos y sostener a otros, porque desde aquel nueve de julio hasta ahora
poco es lo que lograron los individuos en solitario en nuestro país.
Grandes próceres,
soldados anónimos, estudiantes y trabajadores y trabajadoras lucharon para que
fuera posible independizarse de la dominación extranjera y tener proyectos
liberadores a nivel individual y colectivo.
Que no quede solo en una declaración de hace dos siglos. Que podamos construir nuestra libertad e independencia todos los días. No creamos que todo es igual, todo es lo mismo.
Está en nosotros la capacidad de crear un país y un destino diferente para todos, todas y cada uno de nosotros. Para eso, hay que preguntarse cómo llenar el vacío de una palabra que se ha vaciado de sentido. Es urgente preguntarse qué país queremos y cómo vamos a habitarlo.
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