2007 era mi segundo año de docencia. De Neuquén conocía solo la cordillera, teóricamente, por fotos de los libros de geografía y de amigas que habían tenido la suerte de acampar en Junín de los Andes, en el camping Laura Vicuña, cuando íbamos a séptimo grado.
Por una pareja de amigos docentes recién llegados a San martín, sabíamos que las medidas de fuerza se endurecían y que la respuesta del gobernador Sobisch oscilaba entre la indiferencia y la agresividad.
No sabíamos que la realidad era mucho peor. Las asambleas habían definido, ese 4 de abril, cortar la ruta 22 en la previa de Semana Santa. El gobernador, a pedido expreso de hoteleros y afines, dispuso que se despejaran los cortes.
Se desplegaron las fuerzas policiales, con balas de goma y gases. Persiguieron a los manifestantes e incluso tras un impass, en el que los docentes comenzaron a retirarse, se adelantaron a ellos y reanudaron la represión.
Es en ese escenario que José Darío Poblete disparó una granada de gas lacrimógeno hacia el Fiat 147 en el que viajaba Carlos Fuentealba y le hundió el cráneo, provocando su muerte.
Nos conmovió profundamente en ese momento y se dieron grandes movilizaciones en todo el país. Personalmente, no recuerdo en Bahía Blanca una marcha mayor, excepto (según dicen) el Escuelazo de 2001.
Ahora nos continúa conmoviendo la falta de justicia completa, pues los responsables políticos siguen impunes y con el descaro de presentarse a elecciones. Nos conmueve aun que un cargo docente, en los inicios de la carrera, no garantice un ingreso que permita acceder a techo y comida. Nos conmueve que en la provincia de Vaca Muerta haya escuelas sin edificio propio, sin gas, o con instalaciones de cloacas, de agua, de luz y de gas en condiciones francamente peligrosas y con un monto ínfimo destinado a la colación de los pibes y las pibas.
Sus reclamos son todavía los nuestros, porque poco ha cambiado y la desidia ya ha provocado nuevas muertes, como las de Mónica Jara, Nicolás Francés y Mariano Spinedi, en la explosión en Aguada San Roque.
Y seguiremos recordando y pidiendo justicia por él, por Mónica, Nicolás y Mariano y por todos nuestros alumnos y alumnas, por nuestros hijos e hijas, que merecen educarse en condiciones dignas y seguras.
Porque algo nos enseñó Carlos y es a no olvidar.

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